viernes, 7 de mayo de 2010

The Steel Helmet. Samuel Fuller 1951





THE STEEL HELMET (Casco de acero, 1951) supone no solo uno de los primeros exponentes de la filmografía como realizador de Samuel Fuller sino, sobre todo, su primera aportación dentro del cine bélico. Será este uno de los géneros que el norteamericano frecuentó con más incidencia a lo largo de su trayectoria, dejando en sus propuestas no solo unos rasgos de descripción psicológica, la plasmación de conflictos inmanentes a sus personajes y al propio contexto social norteamericano, o un notable desprecio por el desarrollo de una acción más o menos convencional. Por el contrario, incorporó el máximo grado de abstracción posible para plantear un título tras otro la atrocidad generalizada que supone el hecho de la guerra. Se trata este último de un concepto que le fue negado a la hora del análisis de todos estos títulos, al través de la mirada de unos comentaristas que parecían escandalizarse de los diálogos y las situaciones que mostraban el conflicto racial existente en una Norteamérica que necesitaba de todas sus etnias para participar en el hecho bélico, pero que en la vida diaria, mantenía recluidos los derechos de dichas minorías como si estos fueran seres “de segunda”. Fuller no desaprovechó la oportunidad que le brindó Robert Lippert para realizar, con un presupuesto de poco más de cien mil dólares y apenas diez días de rodaje, una recreación de las andanzas de una patrulla de soldados norteamericanos en la guerra de Corea. Gracias a ese rápido rodaje, THE STEEL… se convirtió en el primer exponente cinematográfico de dicho conflicto bélico, logrando por ello un notable éxito popular, aunque fuera recibido con polémica entre la crítica USA de la época.



No es de extrañar que ello sucediera, ya que en ejemplos como este resulta mucho más fácil detenerse en analizar la superficie, que intentar profundizar en aquellos elementos que finalmente permiten considerar la valía de esta primera apuesta de Fuller en el género bélico. Digamos a este respecto que THE STEEL… queda definida como un claro ejemplo de la serie B norteamericana. Desde un cast formado por actores característicos pero ninguna estrella o primera figura de la profesión –en el que utilizaría por vez primera en su cine al entonces debutante Gene Evans-, pronto atisbaremos que prácticamente la película se desarrollará en dos escenarios muy concretos, el primero de los cuales será un nocturno cubierto de niebla y rodado evidentemente en estudio. Pese a esas limitaciones materiales, el realizador se las ingeniará para ofrecer un auténtico apólogo moral logrando plasmar un auténtico microcosmos, que tendrá su inusual ágora en ese templo budista que tomarán inicialmente de manera respetuosa los norteamericanos, hasta que poco a poco comprendan que están siendo observados por un gran número de soldados japonenses, e incluso antes de dicha “invasión” ya desde lo alto del campanario uno de los coreanos ha estado a punto de matar a los soldados. Es decir, nos encontramos con un terreno abierto para la abstracción, en cuyo contexto concreto en apariencia pero en realidad difuso, Fuller dejará entrever algunos de los elementos temáticos con los que irá conformando su filmografía posterior. Entre ellos, la plasmación del absurdo y la locura colectiva que supone la guerra, al tiempo que una mirada revestida de cierta enjundia en torno a la diversidad social e incluso el alcance de las minorías en la realidad norteamericana. Serán facetas estas, que tendrán sin duda un desarrollo más profundo y perfilado en títulos posteriores, pero no es menos cierto que planteado en una película de iniciales cortos vuelos –su coste apenas superó los cien mil dólares- y en un contexto en donde era aún difícil emerger del carácter apologético a la hora de tratar desde cierta perspectiva crítica el conflicto de Corea. A partir de dicho contexto genérico, es donde quizá cabría apreciar en su justa medida el carácter revulsivo que THE STEEL… planteó en su momento. Sin embargo, no creo que sea esa la vertiente por la que deberían valorarse las cualidades más evidentes de la propuesta, ya que estas se centran en la intensa puesta en escena que el norteamericano logra desplegar desde el inolvidable comienzo del metraje. Ese primer plano de un casco que preside los títulos de crédito, y que nos anunciará el inicio de la angustiosa odisea de un soldado –único superviviente de una escaramuza que ha dejado su alrededor sembrado de cadáveres-, que en travelling mostrará el hecho de encontrarse atado con las manos a la espalda. A partir de ese impactante comienzo –muy pronto Fuller comprendería que no había nada mejor que un buen planteamiento de partida para lograr prender instantáneamente el interés del espectador-, la película planteará la habilidad del realizador para crear una atmósfera casi fantasmagórica, jugando prácticamente con el uso de nieblas artificiales en un bosque creado en estudio, y en donde las leves acciones permanecerán dominadas por la ubicación de los actores dentro del encuentro, o el uso de los tiempos muertos. Un fragmento este casi pesadillesco en su aparente simplicidad, que nos permitirá un bloque más amplio desarrollado en el interior del templo budista –admirable ese plano que describe la magnificencia exterior del mismo enmarcado en la frondosidad del bosque-. A partir de la ubicación del pequeño comando en el templo, se desplegará una combinación de pequeños episodios, algunos dominados por su tensión puramente física –la granada a la que se le ha soltado la espita y que se encuentra en la barriga del teniente Driscoll (Steve Brodie)-, o en otros momentos estableciendo los matices –algo toscos vistos con la distancia del paso de más de medio siglo- en donde se plantean reflexiones sobre la diversidad étnica existente en la Norteamérica de aquel tiempo.



Unamos a ello la oportuna descripción de la tipología de personajes y, sobre todo, la espléndida utilización del decorado en donde se describe la acción –especialmente memorable resulta el aprovechamiento iconográfico que se ofrece de la figura central del buda, que en no pocos momentos parece cobrar vida propia, expresándose mediante la planificación como auténtico referente moral de las acciones de los improvisados inquilinos del templo, que han violentado con su presencia la previa paz que regía el mismo antes de su llegada. Esa mezcolanza de situaciones y elementos, son tratados con destreza por la mano de un realizador que sabía ofrecer un acusado sentido de la progresión en sus relatos, que siempre apelaba por la originalidad y el riesgo pero que, también en ciertas ocasiones, deja entrever el predominio del Fuller guionista sobre el Fuller director, quedando situaciones sobre el papel atractivas revestidas de cierta retórica –como la manera con la que se despide el cadáver del niño –el encuadre con sus botas, el llanto escondido del sargento Zack, la caída del casco que este portaba-. Afortunadamente, otros momentos si que alcanzan la contundencia e incluso la emotividad requerida –como ese conmovedor instante final, en el que Zack cambiará su casco por el que hasta entonces portaba Driscoll, que se encuentra sobre su tumba-, logrando complementar un conjunto atractivo, retórico en algunos episodios, apasionante en otros, pero en todos sus fotogramas revelador de las capacidades de un director que ya entonces manifestaba su poderosa forma cinematográfica, al tiempo que lograba establecer a partir del rasgo abstracto de su propuesta, un auténtico precedente de algunos de los mejores episodios de la célebre serie The Twlight Zone. Cierto, se trata esta de una serie inclinada al terreno fantástico, pero sus atmósferas parecieron tener un referente en esta modesta, irregular pero por momentos admirable muetra de serie B.













Texto: http://thecinema.blogia.com/2009/101701-the-steel-helmet-1951-samuel-fuller-casco-de-acero.php

Vampyr - Der Traum des Allan Grey (Vampyr, El sueño de Allan Grey. Carl Theodor Dreyer 1932


Miedo en la frontera silente,
Por Jorge-Mauro de Pedro

«Quería crear en la pantalla un sueño despierto y mostrar que lo espantoso no se encuentra en lo que nos rodea sino en nuestro propio subconsciente»
Carl Theodor Dreyer

Muy alto había puesto Dreyer el listón tras La pasión de Juana de Arco (La Pasión de Jeanne d'Arc, 1927-28), filme que —por extraordinario que nos pueda parecer— se dio por desaparecido durante cerca de un cuarto de siglo. (De hecho, tampoco podríamos asegurar al 100% que la copia comúnmente publicitada del martirio de la Falconetti guarde poco o mucho parecido con la original.)

Pero es que los grandes logros creativos de este adusto escandinavo pocas veces vinieron respaldados por "arrolladores" éxitos de taquilla (ni arrolladores ni tan siquiera discretos, salvo en el caso de La palabra (Ordet, 1954-55)). La pasión. no fue una excepción y los productores franceses empezaron a mirarlo también de reojo. Le quedaba por probar el arriesgado camino de la independencia, un modo como otra cualquiera de decir que si quería seguir haciendo cine, debería de buscarse la vida.

Llegamos así hasta La bruja vampiro (no me negarán que es la mar de cachonda la traducción española del Vampyr original), terrorífico experimento cuya gestación, por sí sola, daría para un extenso artículo. Y es que este danés adoptado y criado a regañadientes por un matrimonio nada ejemplar, estaba acostumbrado a tener que remover Roma con Santiago para lograr esotéricas fuentes de financiación.

Porque Dreyer, cuando quería, sabía también ser la mar de mundano. Es precisamente en una fiesta donde conocerá a su futuro benefactor, el barón Nicolás de Gunzburg, excéntrico ricachón con ínfulas de actor. Nuestro atento y perspicaz pigmalión tiende el anzuelo, haciéndole al aristócrata una oferta de esas que no se pueden rechazar: "de acuerdo, yo te dirigiré como protagonista en una película, pero me tienes que garantizar la más absoluta y total libertad artística" . Dicho y hecho: el contrato se firma en el verano de 1929 (1). Ahora sólo faltaba saber... «¿qué vamos a contar?»

La excusa argumental —poco más— la aportarían dos cuentos de Sheridan le Fanu: Carmille y La posada del dragón volante. A partir de ellos (y en un registro muy cercano al universo lovecraftiano), Vampyr nos relata los extraños acontecimientos vividos por el nada intrépido Allan Grey, sorprendente y accidental héroe claramente sobrepasado por las circunstancias. Y es que el castillo al que arriba después de un breve periplo por la comarca se acaba constituyendo en uno de los entornos más inquietantes elegidos por el cine de terror: malsano, rico en sucesos inexplicables. genuinamente acongojante, vamos.

Horrísonos juegos de sombras, constantes referencias a la muerte y sus adláteres —que parecen haber invadido, con decisión y desenvoltura, el más acá—, así como el buñuelesco asesinato del dueño pondrán a Allan tras las pista del mal, de ese mal de compleja afiliación que parece habitar en cada rincón, en cada paraje.

La clave residirá en el Necronomicon de turno, una especie de "todo lo que quiso saber sobre el vampirismo y jamás se atrevió a preguntar", que Allan se verá forzado a leer y asimilar a marchas forzadas. Aunque quizás no sea suficiente para contrarrestar el terrible despliegue de las fuerzas del mal.

Aparentemente alejada de sus prioridades metafísicas (materializadas en su magnífica trilogía de la religión a través de los tiempos: La pasión de Juana de Arco, Dies Irae (Vredens Dag, 1943) y Ordet), Vampyr no es ni mucho menos una rareza en la filmografía de Carl Theodor. Alejémonos de las visiones más reduccionistas de su figura, fundamentadas en el visionado de una parte muy concreta de sus 14 películas: el director ya había cultivado el cine denuncia (en contra del clasismo social y el desamparo de las madres solteras en El presidente (Praesidenten, 1918-19) o arremetiendo contra la dictadura machista en El amo de la casa (Du Skal Aere Din Hustru, 1925)), la superproducción griffitiana (Los marcados (Die Gezeichneten, 1921-22)), el drama amoroso a tres bandas incluyendo pulsiones homosexuales (Mikaël (Mikael, 1925)) o incluso la comedia pastoril (La mujer del párroco (Prästänkan, 1920))..

En el ámbito del terror pararreligioso podría inscribirse Páginas del libro de Satán (Blade af Satans Bog, 1919-21), otra muestra más de su simpatía por el Diablo, auténtico eje conductor de la narración. En ella, además, Dreyer se dedicaba a "hacer amigos" metiendo en el mismo saco a Judas, a la Santa Inquisición, a los sans-coulottes y a los comunistas, azote de Finlandia.

Pero lo que intenta en Vampyr es algo radicalmente distinto. En los alrededores de París y en el castillo de Courtempierre (Loiret), Dreyer trata de dar con esa desasosegante sensación que termina engendrando eso que conocemos como 'el miedo'. Para ello huye de artificios, preocupándose de que el entorno —suficientemente realista sin la necesidad de recargados atrezzos— transmita el genuino pavor de los lugares largamente abandonados, ruinas incipientes o centenarias por donde acostumbraban a pasear los personajes de Becker y Poe. En su búsqueda le acompañan un director de fotografía llamado Rudolph Maté y el decorador Hermann Warn, provenientes ambos del elenco técnico de La pasión...

Y lo hace alternando las ventajas del mudo (movilidad de la cámara, tenebrismo a lo Caravaggio, concreción en el desarrollo de la acción; dominio, en definitiva, de un lenguaje que llevaba practicando 15 años) con las del incipiente sonoro (grabación de sonidos inquietantes integrados en la medida de lo posible en la diegética de la narración, sin emplear farragosos micrófonos in situ).

El resultado de su aventura, de su nueva exploración de las raíces del miedo (sustrato en mayor o menor medida, de ese sentimiento religioso que tanto le hizo elucubrar) se tradujo en la habitual y unánime incomprensión, relegándolo otros 12 años a las catacumbas (el pobre se vio obligado incluso a ejercer de crítico cinematográfico: ¡imagínense a qué grado de abyección llegó!). Deberíamos de esperar hasta el mismísimo Día de la Ira para verlo resucitar, rematando su carrera con dos obras magistrales, de esas que otorgan el prurito de maestro a quien es capaz de concebirlas.







Texto: http://www.miradas.net/2005/n40/estudio/vampyr.html

miércoles, 5 de mayo de 2010

Dai-bosatsu tôge. La espada del mal (Sword of Doom). Kihachi Okamoto 1966



Las tres primaveras del samurai negro. Daniel G. Rojo

Cuando un espectador occidental se acerca a una película de samurais, espera encontrar en ella a un héroe de rectitud inquebrantable, que se mueva siguiendo un estricto código de honor, sangriento a veces pero siempre encaminado a la consecución de un fin honorable. Nada más lejos de la realidad en el caso de Dai-bosatsu tôge (o Sword of Doom, tal y como se la conoce fuera del mercado nipón), una película del realizador japonés Kihachi Okamoto, cuyo protagonista es un sanguinario espadachín, tan cruel como incapaz de albergar en su corazón el mínimo rastro de amor o compasión por los que le rodean.

La cinta, filmada en 1965, está basada en la novela homónima 'El paso del gran Buda', una epopeya folletinesca de 41 volúmenes cuyo autor, Kaizan Nakazato, murió antes de poder concluir y en la que se narran las aventuras de Ryunosuke Tsukue, un samurai que recorre los últimos días del 'shogunato' japonés dejando un rastro de sangre y cadáveres a su paso. Aunque fuera de Japón el nombre de Ryunosuke Tsukue no diga mucho, en su país es un icono de la cultura popular tradicional. Desde la aparición de los primeros capítulos de la novela, en forma seriada, ésta se adaptó primero al teatro y después al cine en media docena de ocasiones. Dai-bosatsu tôge es la última encarnación fílmica del texto y en ella Okamoto selecciona varios de sus pasajes más importantes.

La película transcurre a lo largo de tres primaveras, las de 1860, 1862 y 1863, en las que la espiral de violencia en la que vive Ryunosuke se va haciendo cada vez más y más profunda. A grandes rasgos, el argumento narra como este samurai de corazón negro, interpretado con una magistral frialdad por Tatsuya Nakadai, mata a otro de su casta en un combate organizado por una escuela de esgrima, tras lo cual huye con la mujer del finado, a la que había prometido dejar vencer a su esposo a cambio de pasar una noche con ella. En su errático peregrinaje por la isla del sol naciente, se convierte en mercenario a sueldo de uno de los muchos grupos que en aquella época conspiraban para mantener el 'shogunato' en pie, mientras es perseguido por el hermano del muerto, quien ha jurado vengarse del espadachín con la ayuda de su maestro, Toranosuke, interpretado por el legendario Toshiro Mifune, actor fetiche de Akira Kurosawa.

Aunque los tres capítulos mantienen un hilo argumental, Kihachi Okamoto deja deliberadamente varios cabos sueltos y situaciones sin resolver, para perplejidad del espectador occidental que no esté familiarizado con la historia, hasta llegar al climax final, una verdadera orgía de sangre, que termina bruscamente con un fotograma congelado del samurai a punto de lanzar uno de sus mortíferos ataques.

La figura de Ryunosuke está envuelta durante todo el metraje en un oscuro manto de misterio. Héroe o antihéroe, sus sanguinarios actos no obedecen a ningún objetivo concreto, incluso pueden parecer dictados por el destino, que utiliza al espadachín como instrumento de sus indescifrables designios. Ryunosuke es, en esencia, alguien malvado, un monstruo, una máquina de matar fría y calculadora. Su propio padre desea, en un momento de la película, que no hubiera nacido, al igual que su esposa, quien lo tilda de villano. «Conoce el alma para conocer la espada. Un alma malvada es una espada malvada», le dice el personaje de Mifune en una ocasión, como si estuviera leyéndole el pensamiento. Sin duda, la figura del asesino sirvió de inspiración a la infinidad de antihéroes surgidos en el cine a finales de los años 60 y, más abundantemente, en la década de los 70, y a directores como Sam Peckinpah o Sergio Leone, en los que puede rastrearse la influencia de la película de Okamoto, e incluso en John Carpenter, cuyos tres guerreros 'Tormenta' de Golpe en la pequeña China llevan los mismos amplios sombreros de mimbre que el samurai.

Ryunosuke Tsukue es un maestro de la 'manera silenciosa', una técnica que consiste en dejar creer al adversario que se ha bajado la guardia para asestarle un golpe mortal en el momento en el que se encuentre más confiado. El estilo de 'kendo' del protagonista, caracterizado por una calculada coreografía de movimientos y pausas, tiene un fiel reflejo en la manera en la que Okamoto mueve la cámara y planifica encuadres, sobre todo en las escenas de acción, entre las que sobresalen dos momentos cumbre: un duelo en un bosque fantasmagórico, en el que Ryunosuke abate a más de una docena de enemigos, y la mencionada escena final, en la que aniquila a decenas de espadachines. La cámara de Okamoto se mueve con la precisión de los golpes del protagonista y retrata más de cien maneras de morir por la espada, sin obviar para nada momentos de extrema violencia —desmembramientos y chorros de sangre—, atenuados un tanto por la excelente fotografía en blanco y negro de Hiroshi Murai.

Aunque menos conocida que otras películas de Okamoto, como Samurai (Samurai Assassin), Kira (Kill!) o Gekido no showashi: Okinawa kessen (The Battle of Okinawa), Dai-bosatsu tôge es un título importante del género de espada japónes, cuyo protagonista tiene el suficiente carisma como para encandilar incluso a los que presumen de haberlo visto todo.

En DVD
Dai-bosatsu tôge no está editada en España pero sí en Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña. Sin conocer más ediciones que la de zona 1, el que suscribe se atreve a recomendarla al tratarse de uno de los títulos de la colección Criterion, lo que garantiza su calidad técnica: imagen impecable y formato original con mejora anamórfica, aunque en este caso no tenga más extras que un folleto.







Texto: http://www.miradas.net/2005/n43/clasico.html

Campanadas a medianoche (Falstaff). Orson Welles 1965









Por Alejandro Díaz

Traición a un hombre bueno

A lo largo de numerosas entrevistas y preguntas, Orson Welles dejó bastante claras cuáles eran sus preferencias personales y sus fobias en los diversos territorios de la creación artística. En lo referente a sus cineastas más admirados, nombres como John Ford, de quien declaró: «El único director que no mueve mucho la cámara ni los actores, y en el que creo, es John Ford» (1), David W. Griffith, a quien llegó a considerar el mejor cineasta de la historia, o Buster Keaton, a quien juzgaba mejor director que Chaplin (con Sir Charles tuvo Orson un sonado pleito a raíz del proyecto Monsieur Verdoux, que Chaplin pretendía plagiarle a Welles impunemente, pero esto es otra historia), se encuentran entre los ensalzados por el maestro.

Estos tres nombres comparten, a mi entender, una característica que quizás agradase a Welles, y no es otra que su pertenencia inequívoca a una estirpe de artistas anteriores a su generación, y partícipes todos ellos de la más genuina tradición narrativa anglosajona. De hecho, se trata de tres (enormes) realizadores un tanto old-fashioned, que incluso ya lo eran en su momento de máximo esplendor artístico y comercial, y cuya dramaturgia, cuyo tratamiento de las emociones, es propio de la cultura anglosajona a la que Welles siempre se ha sentido totalmente unido, si bien desde su condición, adquirida con los años y a su pesar, de cineasta errante. Esta preferencia de Welles puede parecer chocante con el hecho de que su puesta en escena nada se asemeje, en muchos de sus films, a la de Ford, Griffith o Keaton, y de que películas como La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1948) o Fraude (F for Fake, 1975) influyesen decisivamente a realizadores del calibre de Jean-Luc Godard, auténtico baluarte del cine más arriesgado y radical. Sin embargo, sus adaptaciones de Shakespeare a la gran pantalla (recordemos: Macbeth en 1948 y Otelo/The Tragedy of Othello: The Moor of Venice en 1952, además de ésta Campanadas a medianoche) y películas tan enraizadas en la sociedad norteamericana como Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) o El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942) demuestran este apego del genio de Wisconsin a unos parámetros culturales a los que, en esencia, siempre se quiso acercar, desde una óptica renovadora, moderna e incluso irónica, a veces triste, siempre emocionante, consciente de la dificultad (sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial) de mantener las formas narrativas clásicas, perdida ya la primigenia sinceridad de las mismas, y acorde (escéptica) con los tiempos que le tocó vivir (unos tiempos que, sobre todo en los últimos años de su carrera y su vida, no le fueron precisamente favorables).

Antes de que su carrera se convirtiese, salvo pocas y poco conocidas excepciones, en una colección de frustraciones y piezas inacabadas, Welles tuvo la oportunidad de llevar a cabo uno de sus sueños, en la que constituyó su última película realizada en blanco y negro (sin que se eche en falta el color), y una de las últimas obras que pudo concluir hasta su fallecimiento en 1985. Campanadas a medianoche surge gracias a la decisión y la valentía del productor español Emiliano Piedra, quien, ilusionado con la posibilidad de trabajar con una leyenda del cine (Welles lo fue desde su primera obra), no dudó en llevar a término la producción de la película (modesta, pero eficaz), a sabiendas de que no reportaría muchos beneficios. De hecho, la idea de Piedra y de Welles era realizar una posterior versión de "La Isla del Tesoro", con la que el productor recuperaría la inversión de Campanadas a medianoche. Sin embargo, del proyecto de adaptar a Stevenson sólo llegarían a filmarse unas pocas imágenes, muy atractivas, por cierto (2). A pesar de todo, la colaboración entre Piedra y Welles no pudo ser más fructífera artísticamente, y dio lugar a una de las mejores películas de producción española (hispano-suiza, según mis datos) de la historia del cine.

Rodado enteramente en nuestro país, el filme despliega lo mejor del talento de su realizador, con su brío y dinamismo habituales, para adaptar varias obras de Shakespeare (que Welles ya había fusionado ¡en 1939!), con el personaje de Falstaff como eje principal de todas ellas. Falstaff, interpretado por el propio director en uno de sus mejores papeles, es un tipo orondo y bebedor, propenso a las exageraciones y a los chistes, y amante de la diversión por encima de todo (según Welles, uno de los personajes más merecedores de ser considerado "un hombre bueno"). Su amistad con el Príncipe Hal (Keith Baxter) es mostrada a través de los juegos y bromas que ambos comparten durante la primera parte del film (3), y cuyas profundidad y espontaneidad se verán traicionadas cuando Hal sea coronado como el Rey Enrique V, tras la muerte de su progenitor (Enrique IV, a quien da vida el gran John Gielgud), en una de las secuencias más emocionantes y dramáticas de la filmografía de su director. Este tema, el de la amistad (o la inocencia) traicionada, es recurrente en Welles desde Ciudadano Kane (recuérdese la relación entre Kane y su amigo Leland), y también está presente en la vida del realizador, que ve cómo sus ansias creativas son dinamitadas una y otra vez en la práctica por una industria cada vez menos proclive a la defensa de los valores artísticos.

La puesta en escena de Welles en Campanadas a medianoche" es inmejorable, y posee una fuerza visual gloriosa, fluyendo las secuencias con una armonía comparable a la ya mostrada en El cuarto mandamiento (que, pese a los cortes, pese al boicot, y pese a su final, del que Welles abominaba, es un film de una belleza y brillantez indescriptibles). Estas películas son, al cabo, dos de las que el cineasta consideraba como más personales dentro de su carrera, y en las que más logrado parece el sentido musical de la planificación. Así, destacan en Campanadas a medianoche momentos tan sobresalientes como la secuencia del robo en el bosque, con preciosos travellings a través de la arboleda; la divertida "falsa coronación" en la taberna en la que Falstaff, cacerola en la cabeza, parodia al Rey; o, sobre todo, la Batalla de Shrewsbury, cuyo mítico rodaje tuvo lugar en la Casa de Campo de Madrid, y que la crítica estadounidense Pauline Kael llegó a calificar como la más brutal y sombría jamás filmada.

Conviene insistir sobre la secuencia de la batalla (una obra maestra en sí misma) para evidenciar la importancia del montaje en todo el cine wellesiano (4). La visualización de la pelea no sólo demuestra el partido que se puede sacar de un número reducido de extras y de caballos (los mismos actores se cambiaban el uniforme para interpretar a los dos ejércitos, y los caballos daban vueltas en círculos para parecer más numerosos...), y de las condiciones climatológicas (el barro no estaba previsto en un principio, y qué bien es aprovechado...), sino también demuestra cómo se puede utilizar el montaje como un arma con la que transmitir toda la virulencia y el dolor de la guerra, mediante una sucesión de planos cada vez más cortante y agresiva que llega a desazonar al espectador, provocando una asfixia en nuestras emociones. La secuencia es realmente poderosa, y ha tenido influencia en el cine posterior. Por ejemplo, las batallas rodadas por Mel Gibson para su Braveheart -id, 1995- (que eran, sin duda, lo mejor -¿lo único bueno?- de la película, junto a la fotografía de John Toll) se inspiran directamente en "Campanadas a Medianoche", tal y como desveló Esteve Riambau con motivo del estreno del film de Gibson (5).

Apoyado por un gran equipo de actores (también intervienen Jeanne Moreau, Margaret Rutherford - genial como Mrs. Quickly -, Norman Rodway, Fernando Rey, o la hija de Welles, Beatrice, como actriz infantil), con el ingenio por bandera en la escenografía y el vestuario, al frente de cuyo diseño estuvo el propio Welles - y que utilizó restos procedentes del rodaje de El Cid (id., 1961. Anthony Mann) que Samuel Bronston había llevado a cabo anteriormente en España -, e imprimiendo un gran valor estético a cada uno de los encuadres (la inteligente forma en que emplaza a los soldados en el plano, y esas impresionantes lanzas que recuerdan a las de "La rendición de Breda" pintada por Velázquez, y que ya aparecían en su brutal y fantasmagórica versión de "Macbeth"), Welles consigue paliar los defectos técnicos e insuflar notable plasticidad a los textos de Shakespeare, permitiendo que, vista varias décadas después, la película mantenga (como todas las suyas) una refrescante y contagiosa sensación de vida, mucho más de agradecer que la corrección académica de las adaptaciones impulsadas por Laurence Olivier, y aún más, que los ramalazos megalómanos que contienen las versiones de Shakespeare firmadas por Kenneth Branagh (o protagonizadas por él; recuérdese aquel aséptico Othello -id., 1995- dirigido por Oliver Parker) en los últimos años.

(1) Entrevista de Miguel Rubio, Juan Cobos y Jose Antonio Pruneda. Publicada originalmente en Cahiers du Cinema, nº165, Abril de 1965.
(2) Algunas de ellas, junto a una buena cantidad de testimonios, documentos y fragmentos dispersos relacionados con Welles, harto interesantes, pueden encontrarse en el magnífico documental de Carlos Rodríguez, con guión de Esteve Riambau y Carlos F. Heredero, "Orson Welles en el país de Don Quijote", emitido por Canal+ el 10 de Octubre de 2000, coincidiendo con el 15º aniversario de la muerte de Welles.
(3) En 1991, Gus Van Sant retomaría el tema de la primera parte de "Enrique IV" (versión gay) en el film Mi Idaho privado (My Own Private Idaho), película llena de molestos guiños al film de Welles, y que mejoraba mucho cuando lograba encontrar una identidad propia.
(4) Juan Cobos, ayudante personal de Welles durante el rodaje de Campanadas a medianoche, cuenta que, en el momento de entrar en la sala de edición, Orson le comentó: «Aquí es donde se hacen las películas».(5) "Dirigido por..." nº 239, p.19, Octubre de 1995.






Estreno de Campanadas a Medianoche en 1965, en el Palacio de la Musica, Gran Via, Madrid





Texto: http://www.miradas.net/0204/estudios/2002/08_owelles/campanadas_a_medianoche.html
Fotos: http://www.cultivadoresdeculto.com/foro/showthread.php?t=6133

sábado, 1 de mayo de 2010

The Boondock Saints (Los Elegidos). Troy Duffy 1999


Seremos pastores por ti Señor, por ti,
el poder ascendido de tu mano,
nuestros pies ejecutaran rapidamente tus ordenes,
haremos rodar un rio hacia ti,
para reunir a todas tus almas,
In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti......


Troy Duffy



Quien quiera que derrame la ultima gota de sangre,
por el hombre su sangre debera ser derramada,
solo la inmunidad de dios le convierte en hombre.

Destruir todo lo que sea maligno,
para que lo bueno pueda florecer.




En la entrada a la cabina de las prostituas en la puerta dice ¨Abandonen la esperanza todos los que entren¨ haciendo alegoria a la Divina comedia de Dante Allighieri donde la puerta al infierno tiene la misma inscripción.

martes, 27 de abril de 2010

La Passion de Jeanne d'Arc. Carl Theodor Dreyer 1928



Adjetivada como una "sinfonía de primeros planos", la historia del juicio a Juana de Arco le sirve al director Dreyer para hacer uno de sus rigurosos ejercicios sobre las pasiones humanas y la actitud ante el sufrimiento. Glorioso blanco y negro, ritmo pausado y una bellísima Renée Jeanne Falconetti -actriz de escasas películas- para una de las joyas del cine universal.
Esta obra maestra inmortal no admite apelativos. No se puede comparar con nada, ya que en la cumbre de un arte no puedes continuar ascendiendo. El destino quiso que, en 1981, mientras se realizaba la limpieza de un armario en Kikemarkby Kehus, una institución mental cerca de Oslo, un trabajador encontrara varias latas de películas. Se mandaron al Instituto Noruego, y allí permanecieron 3 años sin que nadie las visionara. Cuando finalmente se abrieron, se descubrió no sólo la copia de la película, sino también un documento solicitando la aprobación de censor fechado en 1928, que prueba que se trata de una versión no censurada del primer negativo. Probablemente acabó allí porque Harald Arnesen, director médico de la institución, era un historiador aficionado que pudo pedir la copia para un pase privado para sus enfermeras y pacientes y luego olvidar devolverla. Una casualidad que ha posibilitado que ahora podamos contemplar esta obra tal y como se concibiera.

Texto: http://scalisto.blogspot.com/2008/09/carl-theodor-dreyer-la-passion-de.html









La pasion de Juana de Arco
Iluminación total
«Ignoraban que lo bello del hombre es más grande que el hombre»
Paul Eluard de "El alba disuelve los monstruos"

Aquí se conjugan varias cosas. Juana de Arco como uno de los personajes más admirables que podamos llegar a conocer en nuestras vidas, Carl T. Dreyer, un genio absoluto, intuitivo y dotado de una inteligencia y sensibilidad únicas, y el cine mudo buscando su expresión, sus criterios de representación. Procedente de la fe luterana y cultor de un cristianismo iluminado, Dreyer trató siempre los mismos temas a lo largo de su filmografía. Estos son, básicamente, el problema del Mal, la intolerancia, y por sobre todo: la compasión. Con realismo y obsesión por los detalles, construyó uno de los estilos más personales de la historia del cine. En Dreyer todo es tranquilo, prescinde del nerviosismo por utilizar la historia como refugio, y la narración transcurre sin develar su propia construcción. Establece sistemáticamente uno de los pilares de la puesta en escena: el punto de vista. Trabaja con el fuera de campo, dando la parte por el todo, lo que en linguística se llama sinécdoque . Lo que hace Dreyer es expandir o proyectar un significado mediante algún recurso. Por ejemplo, el primer plano. La sistematización produce una relación de simetría en la cual el todo debe ser alcanzado por la sucesiva interacción entre la persistencia de la interpretación y la organización de sentido del film. Dreyer empezó a despejar el camino de antecedentes viciosos que el cine, en su corta historia, ya se había generado. Entre ellos, la idea de separarse de lo literal-simbólico en la constitución de un discurso cinematográfico. Tema que, como casi todos, comenzó Griffith unos años antes, pero cuya codificación comenzaron las generaciones siguientes. Algo totalmente lógico ya que el pionerismo de Griffith estableció lineamientos, pruebas, caminos a seguir, callejones, límites, temas para investigaciones posteriores, y sobre todo: allanó el camino para establecer las relaciones de la puesta en escena, el montaje y el guión con sus posibilidades narrativas-estéticas.

En 1928 el cine mudo estaba casi finalizando su era. Prácticamente dos años antes de que el sonoro irrumpiese hablando hasta por los codos, el mudo había logrado ya, un discurso puro, único e inédito, a través de la imagen en movimiento. A partir de Griffith, se entendió que el cine provocaba el sentido humano de la experiencia por su primer analogía en términos fotográficos. Pero el movimiento, la sucesión de imágenes, el montaje, la percepción a partir del discernimiento por el asombro de las luces proyectadas, la creación de realidades a partir de la abstracción inherente al formato plano, fueron elementos que Griffith usó para alejarse de esa primera analogía, de aquella pictoricidad de la fotografía. Se podía con el cine crear ficción representativa con un discurso propio, y se lo podía utilizar para el ensayo reflexivo, para hablar de otra cosa que se desprendiera del continuum fílmico. Dreyer era uno de los tantos que habían seguido las enseñanzas de Griffith para comenzar a metodizar ese discurso. Y era uno de los mejores. El arte cinematográfico se iba consolidando, entregando al siglo un buen número de obras maestras, que hablaban a las claras de la posibilidad de la forma. 1928 fue, y es, uno de los años más sobresalientes de la historia del cine, ya que en ese momento se produjeron un grupo increíble de obras significativas, cuya función, bien cumplida, era establecer al cine como el arte por antonomasia del siglo XX. Films como La Pasión de Juana de Arco de Dreyer, The Wind de Sjöstrom, The Wedding March de Von Stroheim, The Crowd de King Vidor, The Docks of New York de Von Stemberg, Spione de Lang, Steamboat Bill Jr de Keaton, etc., golpeaban las pupilas trazando surcos que perduran y se acrecientan cada vez que volvemos a ver alguna de estas maravillas. En el caso de Dreyer, tanto La Pasión de Juana de Arco como Vampyr, Dies Irae, Ordet o Gertrud, son obras maestras del cine, porque son posibilidad pura.

Anacronismos
Cuando Dreyer fue contratado para realizar una película por la Societé Générale de Films, en Francia, propuso tres temas: María Antonieta, Catalina de Médicis y Juana de Arco. Luego de la elección, Dreyer contrató el asesoramiento histórico de Pierre Champion y decidió hacer un film sobre el último día en vida de la Santa. Basado en las actas originales del juicio, escribió un guión con la colaboración de Joseph Detteil. Buscó a una actriz desconocida para protagonizar (Renée Falconetti), construyó sets de filmación para todo el film, realizó innumerables ensayos con técnicos y actores, repitió tomas infinidad de veces, experimentó con la fotografía y el ritmo de las secuencias. El resultado fue asombroso. La Pasión de Juana de arco, para decirlo con lucidez farettiana, justifica la existencia del cine. Esto es así porque percibimos de manera intuitiva, el reconocimiento de una visión plena, bella y armoniosa que se desarrolla en términos visuales puramente, y que configura los lineamientos de un sistema orgánico de pensamiento que llamamos puesta en escena. La idea de Dreyer era contar la Pasión de Juana, es decir, el sacrificio, el acto de amor. La película cuenta cómo fue la parte final del juicio a Juana de Arco, quien el 23 de Mayo de 1430 cayó en manos del Duque de Borgoña y fue enviada a los Ingleses. Fue acusada de hereje, blasfema, hechicera y apóstata entre muchas otras cosas, por un Tribunal eclesiástico armado por el poder británico en Ruan. Utilizando textos originales de las actas del juicio junto a toda una serie de signos vestimentarios, escenográficos y situacionales, Dreyer da la impresión de resaltar el contexto histórico. Inclusive utilizó, por primera vez en el cine, la película pancromática, especial para los primeros planos, ya que a diferencia de las anteriores, permitía que los actores no usasen maquillaje (1), que era el rasgo fundamental para sostener las razones de Dreyer con su insistencia en los planos cortos. Dreyer postulaba que el film se basaba en el progreso espiritual de las almas. Y la única forma de filmar ese progreso era a través del rostro humano, sin maquillaje, en primerísimos planos para testificar cada mueca, cada gesto, cada inflexión que nos hable desde su interior. Estos y muchos cuidados más tuvo Dreyer en la planificación del film. Sin embargo, el resultado dista mucho de ser una película "histórica". Si bien nos formamos la idea del juicio como lo que fue: una farsa trágica perpetrada por la Santa Iglesia Católica, el Tribunal de la Inquisición, la Universidad de París y el Gobierno Inglés que organizó todo, no asistimos a un contexto histórico medieval sino a un contexto moderno. La pregunta es: ¿Nos identificamos con Juana? Examinar un acontecimiento histórico es siempre reflexionar sobre el presente. Para el presente de 1928, el valor de ritual o culto que pudiese desprenderse del cine era anecdótico, para Dreyer era esencial. La Modernidad, creadora del cinematógrafo en términos iluministas, extendió del Renacimiento un rechazo radical a la cosmovisión de la Edad Media. Entre esos pensamientos se fue elaborando una iconoclastia que terminaría en iconosfobia. La idea de visión en un mundo desintegrado era para el cine el campo ideal para representar el espíritu de la época. Así lo pensó Griffith, y también Dreyer. El cine podía trabajar con la "realidad" en cuanto verdad fotográfica, pero para mostrar el pensamiento subyacente de desintegración de la época, necesitaba poner en escena expresiones que interpretadas a través de una representación satisficieran necesidades simbólicas. Y en el espíritu de la época se alzaba (y se alza) el escepticismo como padre de la ignorancia. ¿Qué medio mejor que el cine para mostrar el escepticismo si la "realidad pura" puede ser representada? Sabemos que el historicismo es una ilusión. Se trabaja con un manuscrito incompleto. En un planteamiento modernista, los aspectos trascendentes suelen desestimarse como limitaciones, dando por sentado la prescindencia de lo que quede por probar. Y esto es así porque la idea Apocalíptica del Cristianismo se opone rotundamente, como una bomba de tiempo de la cual desconocemos el reloj, a las ideas modernistas de evolución y progreso. Entonces, volvemos a preguntar: ¿Nos identificamos con Juana? Y aquí la respuesta es complicada. Dreyer es el que hace la pregunta sabiendo qué contestarán sus espectadores. En una escena alcanzamos a advertir que un personaje del Tribunal porta unos anteojos inadmisibles para el siglo XV. ¿Un error que Dreyer no vio? Sin embargo estos anteojos, son un error que hoy funciona como un soporte, para ayudarnos a pensar en cuanto espectadores autoconscientes, en nuestra negatividad propiciatoria por entender por qué se hacen las cosas. Desde el primer plano Dreyer deja en claro que Juana no tiene ninguna oportunidad: plano de los pies encadenados, la Biblia expuesta como prueba en el acto de juramento, el travelling exasperante por los rostros ultrajantes de sus inquisidores. Esos travellings interminables que se van posando de rostro en rostro, a cuál más amenazante, grotesco y repugnante, mientras interrogan a Juana sin compasión. Juana declara 19 años al ser requerida su edad, y aclara "creo". Es decir "me parece que tengo 19 años". Sabemos por las Actas que Juana tenía esa edad, que era una pequeña campesina alejada de los centros de poder que vivía en Orleans con su familia en plena Guerra de los Cien Años. Aún nos cuesta creer que un Tribunal con cuarenta doctores en Teología, seis Obispos, decenas de Bachilleres y Doctores en Medicina y alrededor de 100 personas más fueron necesarias para interrogarla y tratar de que confesase, o cometiera algún desliz en sus respuestas que dejara la puerta abierta a los "doctores", para condenarla por blasfemia. Juana no tuvo defensores, era ella sola y le bastó para dejarlos en ridículo en más de una ocasión. Cosa que Dreyer muestra con Cristiana delectación:

Juez (ante una afirmación de Juana): —Entonces, ¿Dios odia a los Ingleses?

Juana: —"Dios no odia a nadie, pero castiga a la injusticia"

Juez: —"¿Ud. se considera en estado de Gracia de Dios?"

(un confesor le advierte a Juana que tenga cuidado, que es una pregunta tramposa)

Juana (luego de pensar un segundo): —"Si estoy en estado de Gracia, le pido a Dios que me la conserve. Si no lo estoy, que me la conceda"

Contra esto el Tribunal no sabía como actuar. La contestación de Juana es perfecta porque está en modo potencial. Contestando afirmativamente la hubiesen condenado por brujería en ese momento, contestando negativamente provocaría la confesión de todo su ser como una farsante. Es decir que Juana contestó como Dreyer: con la forma. Única manera de aproximarse al Misterio. Lo fascinante de no poder dar respuesta, ni siquiera el primerísimo primer plano puede develar lo que hay más allá. Juana, al igual que Dreyer, gozaban de la simplicidad e inexplicabilidad del genio. Filmados desde abajo, con la cámara cercana a Juana, que permanece radiante y en escala, los jueces adquieren una impresión artificial que befa la estatura moral de Juana. La cámara construye la inversión de sentido, los toma como gárgolas que miran dentro de la propia Iglesia. Escribimos hace un tiempo sobre Superman y el problema del Bien, explicando las dificultades en los tiempos que corren para trabajar sobre características reconocibles de la Bondad. El verosimilismo del Bien era ya un tema a resolver para Dreyer, quien encuadró el enigma por oposición y omisión, optando por la característica de inextricabilidad como la más saliente. Una vez más se impuso al aire de época. El ceremonial, la erudición y el escolasticismo del Tribunal era otra puesta en escena que Dreyer delata para realzar la Bondad de Juana. Las exquisitas escenografías claras que resaltan a los personajes, funcionan como símbolo de pureza y extensión de claridad en Juana, y como contraste, dejándolos en evidencia a los corruptos funcionarios del poder terrenal. Las risas, las befas y las mofas de los jueces que aparecen como una jauría mezquina, son el marco también para indicar personajes secundarios obligados a estar allí contra su voluntad, formando parte del Tribunal. Personajes que trataban de ayudar a Juana sin conseguirlo debido al amedrentamiento del Obispo Cauchion y al poder Inglés. (Entre ellos aparece Antonin Artaud como Massieu). La mitología moderna del sarcasmo sobre la tradición y el sentimiento religioso, apoyada por la artificiosidad de postulados endebles, arrastra con frecuencia el rechazo a la meditación, al sufrimiento, a la incomodidad de la revelación, o a cualquier vislumbre de trascendencia que provoque afinidad en la escalada disonante de su carnaval mundano. Juana, como Cristo, muere también por los hombres que la juzgan, precisamente porque ellos no son dignos de su sacrificio ni de su pasión. Muere con el fin de concederles esa dignidad. Dreyer manifiesta una ética reflexiva: la tarea de Juana cesa en la hoguera, a ella le espera la resurrección, la vida eterna e inviolable. A nosotros la continuación, la expansión de la propia identidad.

Primitivismo forzado
Dreyer, como Tarkovski y como Bresson, es un director primitivo. A diferencia de Tarkovski, es primitivo por propia decisión. Dreyer propone una búsqueda menos ingenua. Se aísla por convicción, de motus propio, opta por no conocer ni los problemas ni las soluciones de puesta en escena que le precedieron o le son contemporáneos, para avocarse al planteamiento de un propio corpus teórico que le permita avanzar. En Dreyer la puesta en escena está conducida como un todo, cada elemento forma parte de un múltiple mecanismo indiscernible para el espectador pero no para su director, quien pareciera poder determinar la regulación de cada elemento para lograr lo que podríamos llamar la "intensidad" Dreyer. Esta intensidad se basa en extremar el recurso dramático según un eje que aglutine el sentido de la puesta en escena. En este caso ese elemento común está configurado mediante el uso del primer plano. Este recurso trasciende, largamente, las expectativas expresionistas de la época. Lo que observamos y sentimos al presenciar este film es esa intensidad persistente que nos manipula, mostrándonos y haciéndonos partícipes de la visión de su autor. Esta intensidad de sentido que es generada por la puesta en escena, es también la que provoca el punto de partida para la visión del mundo de Dreyer. La diferencia, por ejemplo con Tarkovski, es que el primitivismo de la puesta busca una complejidad acorde a la visión del mundo del autor. Esta confrontación entre complejidad de visión y primitivismo de puesta provoca una falta de proporción —a diferencia de Tarkovski, donde la mayoría de las veces todo fluye armoniosamente— buscada por Dreyer conscientemente. Veamos: hay una idea, una suerte de composición imaginaria o teoría social, que hacia la década del 20 venían trabajando pensadores, filósofos y artistas, y que el arte contemporáneo, y especialmente el cine, retoma. Es la idea de ausencia. Se basa en algo que se convoca y al mismo tiempo está ausente. Como una suerte de traslación de sentido que delata una falta de rigor ante el misterio. Esa ausencia se refiere a un vacío, a una necesidad convocada para buscar una trascendencia, un afán de lo sublime, un topos donde se manifiesten los misterios, el problema del mal, del dolor, de la felicidad. La Juana de Dreyer convoca esos misterios ausentes a través de la Pasión. Ellos están allí con Juana, ella los ha visto y los ve. La maestría de Dreyer optó por no ponerlos en escena —ni siquiera como flashback, sueño o inserts—, por manifestarlos en un fuera de campo para potenciar la función de ausencia e incomprensión por parte del Tribunal. De allí también la elección del planeamiento de los primeros planos como investigación microscópica de lo que no se puede manifestar, de la asfixia provocada por la racionalidad insatisfecha. La sensación de encierro y rechazo buscada por Dreyer al confrontarnos con esos primerísimos primeros planos, con el estatismo de las figuras humanas amenazantes, apoltronadas en torno a Juana, con la repetición ad nauseam de los cuestionarios y los encuadres, reflejan el camino laberíntico por el cual la satisfacción de esa necesidad ciega y negadora de la trascendencia no puede manifestarse. De allí también una de las premisas del arte clásico: el salir fuera de sí, el salir de uno mismo que la Juana de Dreyer expone a lo largo de todo el film. No es casual la escena de Juana donde le presentan la falsa carta del Rey para que firme, mientras vemos al Obispo espiándola "siniestramente" mediante el uso de un espejo. La idea de la alienación es la contemplación. El arte es un juego de miradas que debería terminar en nuestro interior. Los personajes de Dreyer ven, pero no miran. Juana ve más allá, y su mirada es contestada fuera de campo. Las insistencias del Tribunal por saber eso que Juana ve y no puede comunicar, marca para Dreyer, la razón de la caída del pensamiento occidental. El Tribunal se autoimpone la tarea de hacer público, hasta las últimas consecuencias, el secreto de Juana. Como eso es intransferible, decide eliminarlo. Uno de los mayores méritos de Dreyer es haber evitado la tentación de lo sublime, de lo alegórico. Para esto usó el recurso de "humanizar" el tema religioso en términos modernos, de hacer constar lo cotidiano humanista en primer plano, y tratar lo místico fuera de campo a través de la mirada de Juana y en determinados momentos "simbólicos", exclusivos de la puesta en escena. Con este procedimiento Dreyer se aseguraba de poder manejar los hilos de su historia sin caer en las complacencias inherentes a la Historia. O mejor dicho, la Historia asume su condición pura diegética en el tratamiento Dreyeriano de la puesta. Poco importa como llegan los personajes a la primera escena del film, su presentación es apenas un prólogo para ubicar la situación de agonista y coro. Dreyer se cuida de mostrar tanto un lugar simbólico (mediante el escamoteo debido a los primeros planos y al diseño de producción "teatral") como un lugar cotidiano. Dreyer se aleja de producir una película "artística", aunque se la trate como tal, está sentando las bases del cine por venir, o de una manera de ver el cine. Y esa manera está dictada por una inteligencia que enmarca en un código de signos la representación de las ideas de su autor. Este código de signos adquiere en sus diferentes niveles (argumentales y de puesta en escena) características de unicidad, de ley interna de significación dentro de su proceso de simbolización. Así pueden justificarse el ritmo, los travellings, los acercamientos, los encuadres, los juegos de luces y sombras, la duración de los planos, su ritmo, la marcación actoral y otros elementos que Dreyer presenta en el desarrollo de la trama. Dreyer trabaja el tema de la ausencia, de la falta de trascendencia, del alejamiento ritual del arte y de la falta de convocatoria hacia lo sublime. Temas que habían sido tratados en el teatro y en la música en el siglo anterior, pero que con la aparición del cine adquirieron connotaciones inéditas. En ningún momento del film salen los símbolos en busca de sus personajes. Ocurre todo lo contrario en los supuestos continuadores de este tipo de cine: Bergman a la cabeza, donde siempre existe una suerte de preámbulo que pasa de lo cultural a lo culturoso, mediante el trazo grueso de la inseguridad respecto del medio. En Dreyer, empezaba a ordenarse este tipo de cuestiones, sacándose de encima el legado Lumiere-Melies, la influencia inconducente del expresionismo, la presión cultural por la dramaturgia existente, el realismo fotográfico, etc. Con Dreyer comienza a vislumbrarse el "cómo" en el cine, es decir, a establecerse el discurso que vincula el desarrollo de una trama con el sentido de ficción del autor. Enmascarada en las vicisitudes del proceso, las declaraciones, los interrogatorios, las respuestas de Juana, la sentencia, el arrepentimiento, etc., lo sublime se cuela en los intersticios de esa continuidad tan bien tramada por Dreyer. Se va yuxtaponiendo, traficando en forma dialéctica, el enardecimiento del clima espiritual del film. Hay una sensación de asepsia espiritual en todo lo referente al proceso, la suficiente para que ni Juana ni nosotros entendamos las verdaderas acusaciones que ocurren. Las preguntas de los jueces no tienen respuestas satisfactorias, porque las respuestas posibles exceden lo racional, están más allá de lo que ese mundo ("este mundo" nos dice el Dreyer-autor) quiere soportar o está dispuesto a soportar. Dreyer buscó la alienación del espectador, buscó que nos identifiquemos con esa mirada de Juana, que nos perdamos en el otro, para salir, para abolir el primer plano de la falta de trascendencia. ¿O acaso la actuación de la Falconetti no nos resulta un acto de hipnotismo ritual hacia el espectador? Dreyer hace un paralelo, como diría Huizinga, entre el otoño de la Edad Media (surgida a partir de la desaparición de los Templarios) y el Modernismo que dio origen al cine. Pero esa es otra historia.

Icono
Dreyer creó a Juana de Arco. Es un invento del cine. Me refiero a la Falconetti, cuya Juana no puede sustraerse del legado fílmico puesto que no existen, ni existían cuando Dreyer filmó, retratos, esculturas o representaciones de Juana de Arco que fuesen contemporáneos a ella. Cualquier representación que Dreyer pudiese haber tomado como modelo era, como su film, un anacronismo. Solamente las descripciones históricas documentadas que se han conservado retienen algún elemento de verdad sobre el aspecto de Juana, el resto permanece en la conjetura, en el mito. Es por ello que la Juana de Dreyer-Falconetti trabaja como icono (2) en el verdadero sentido del término. El icono no tiene volumen ni contrapunto de colores. No hay perspectiva. Vemos que la Juana de Dreyer, siempre tomada contra fondo claro no produce relieve sino que indica un recorte. Una separación de ese mundo como si fuese una capa apenas saliente de esa superficie. Esta idea de imagen plana (como también la trabajaba Tarkovski) es el icono. Los iconos bizantinos o rusos representaban imágenes religiosas privadas de símbolos ya que la pura representación plana per se daba un valor agregado de simbolismo que el pintor no necesitaba agregar. Dreyer creó el icono, que aún perdura como reflexión de un mundo escéptico en el sentido que le dan directores como Fincher (en Alien III en el personaje de Sigourney Weaver), Spielberg en Minority Report (El personaje de Samantha Morton que "adelanta" el futuro) y sobre todo Michael Winterbotom en su fascinante Code 46, donde la misma Samantha Morton, es crucificada en un acto de amor voluntario. Todos referencian el icono de Falconetti, el simbolismo adquirido por la cinefilia en cada contexto. Pero la Falconetti parece más de Tarkovski que de Dreyer, porque provoca la significación en términos más elementales. Sin embargo, en el cine de Dreyer ningún carácter simbólico agregado es omitido por la oposición visión-complejidad-primitivismo. El primitivismo que para Tarkovski era un lastre en el momento de mostrar una visión más compleja (El Espejo, Stalker), es para Dreyer un trampolín consciente desde el cual maneja estas cuestiones. Dreyer sabe que se dirige a una sociedad no religiosa. De allí lo de "poner en primer plano" la situación social que sería la parte "primitiva" de su visión y funcionaría como enganche, como disparador de una subjetividad más profunda. A partir de allí, el primitivismo religioso se hace más complejo y por eso la puesta acompaña esa complejidad: ¿Cómo hacer un auto sacramental en una sociedad donde los sacramentos no existen? Trabajando con nuevas formas de representar lo ritual. Desde el primer plano hasta el último caemos presa del procedimiento encantatorio que la rítmica de planos, montaje y travellings nos presenta, sin que el proceso de simbolización nos interrumpa el azoramiento, al que vislumbrados por el poder de este cine rendimos nuestros sentidos.

La pregunta es: ¿nos identificamos con Juana?

(1) Cuando se utilizaba otro tipo de película, el color rojo no se registraba, por lo que los actores debían pintarse los labios, por ejemplo con azul, para que se les viera la boca.

(2) Fue Angel Faretta el primer escritor que usó y explico el uso del término "icono" —y sobre todo el término "iconografía"— para el cine, en sus escritos de la década del 80. A partir de su sentido etimológico ("eikon: imagen, esto es: idea), Faretta explicaba el sentido religioso del término y su relación de extensión y pertenencia con la imagen fílmica. Como propagación de la autorización a la representación de imágenes religiosas, el cine mantiene esa especificidad en su naturaleza, y es quizás, ontológicamente, su única eficacia. Llama la atención el mal uso y la apropiación que del término han hecho —y siguen haciendo— periodistas, críticos y escritores a lo largo del tiempo.

Texto: http://www.miradas.net/2005/n40/estudio/pasiondejuanadearco.html por Juan E. Lagorio



ADJ SAN PEDRO CAMPEON DE ANDALUCIA. Con un par Fernando


Que bemoles Ferni el mejor 2 desde Cafu



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