lunes, 6 de diciembre de 2010

Glue man


Nunca se puede decir esto es lo mejor del mundo, pero a estos cuatro si no son les queda poco aunque ya ni existan como banda.

miércoles, 13 de octubre de 2010

martes, 5 de octubre de 2010

Interpol



Pero es diferente ahora que soy pobre y viejo, nunca vere esa cara otra vez, te iras apuñalandote en el cuello



Red de pardillos

LA ZONA FANTASMA.
3 de octubre de 2010.

Red de pardillos

Pocas son las personas que no desean dejar huellas de su paso por el mundo, o que aspiran a limitarlas lo más posible, aunque alguna que otra he conocido. No eran individuos retraídos ni misantrópicos; al contrario, solían ser simpáticos y cordiales, como si mostrarse huraños o esquivos fuera ya una manera de llamar la atención, lo último que deseaban. Cuando es un personaje público el que opta por retirarse, lo tiene particularmente difícil porque parte de una contradicción en los términos. Ha sido el caso del escritor Salinger, muerto hace un año o menos. Tras alcanzar fama universal con sus cuatro libros publicados entre 1951 y 1963, sobre todo con el primero, la novela absurdamente titulada en español El guardián entre el centeno, no sólo decidió no dar nada más a la imprenta (salvo un largo relato en una revista, creo que en 1965), sino que exigió que las múltiples reediciones de sus obras aparecieran sin un solo dato biográfico ni comentario alguno en las solapas o en la contracubierta. Como es bien sabido, no concedió entrevistas, no se dejó fotografiar, y la única imagen de tiempos recientes que ha visto la luz lo retrata iracundo y amenazante, precisamente porque se trató de una foto tomada a traición o robada. La paradoja estribó en que, cuanto más se ocultaba Salinger y más duraba su apartamiento, más curiosidad atraía sobre sí mismo, más lo acosaban periodistas, fans y espontáneos, más crecía su leyenda y más irritante resultaba su actitud para la mayor parte del mundo, que justamente en esta época intenta dejar tantas huellas como sea posible, aunque a nadie le importen ni las tenga en cuenta.

Lo más preocupante de este afán generalizado por estirar el cuello y estar presente, por gozar de cualquier grado de fama (así sea limitada y efímera), por exhibirse e informar al resto de los propios pasos, actividades, opiniones y gustos, es que quienes lo padecen, abren perfiles en Facebook o alimentan Twitter con sus notitas por fuerza triviales, parecen haber perdido enteramente cierto instinto de conservación que a lo largo de siglos ha hecho saber a la gente que no convenía dar demasiada información acerca de sí misma y que hacerlo entrañaba peligro, porque cuanto uno revela puede acabar utilizándose en su contra; puede deformarse y tergiversarse, ser objeto de burlas y chanzas (y no de admiración, como se pretende), ser aprovechado por sus superiores, sus empleadores, la policía, la a veces abusiva Hacienda, el Estado. Hace poco se descubrió que en Alemania había empresas que fisgaban en Facebook y en otras redes sociales para decidir la contratación o el despido de alguien. Los propios interesados, que deberían mantener en privado u ocultas algunas características de su personalidad, sus creencias, sus simpatías políticas, sus opiniones, aficiones o “vicios”, estaban aireándolas, tal vez con la idea ingenua de que sólo sus amistades tendrían acceso a su perfil internético, cuando ya nadie ignora que en la Red no hay discreción ni secretismo posibles, y que ni siguiera la CIA o el Pentágono se resisten a las intrusiones de un hábil hacker.

El Gobierno alemán se erigió en defensor de la “intimidad” –irónico llamarla así a estas alturas– de los usuarios, y prohibió a las empresas esta práctica, o por lo menos valerse de los datos así obtenidos para extender o cancelar contratos de trabajo. Otra ingenuidad: esas empresas seguirán consultando Facebook y sus equivalentes, sólo que fingirán no haberlo hecho y jamás aducirán motivos “sospechosos” para emplear o despedir a nadie, sino que se inventarán cualesquiera otros, de modo que no puedan ser acusadas de discriminar a alguien por ser homosexual, o ateo, por fumar tabaco o porros o participar en orgías o posar desnudo o detestar a tal o cual partido político, cosas todas ellas que los inocentes exhibicionistas habrán confesado en Internet alegremente, y sin que nadie les preguntara. Cuanto acaso habrían negado o callado de ser interrogados por un juez o por la policía, o por sus propios padres si se trata de adolescentes, lo cascan gratis para que todo el mundo se entere, sólo por vanidad y para que se les haga caso. Hay incluso quienes cuelgan noticias utilísimas para ladrones: “Estoy desayunando en el aeropuerto de Río, y nos esperan dos semanas de maravillosas playas”. Los cacos ya saben que disponen de ese tiempo para entrar en un piso vacío y desvalijarlo con parsimonia.

Para quienes contamos cierta edad, una de las escasísimas ventajas de haber vivido años bajo una dictadura es que aprendimos muy pronto el riesgo de que se supiera mucho de nosotros, y a no dejar algunos rastros. Hoy vivimos en un régimen supuestamente democrático, pero demasiada gente no se ha percatado aún de que nuestras actuales democracias se asemejan cada vez más a los Estados totalitarios, que se meten en todo y lo controlan y averiguan y espían todo, y no vacilan en aprovecharse de ello y en utilizarlo, eso sí, con más o menos disimulo e hipocresía. La célebre fórmula Miranda, que hemos visto recitar centenares de veces en las películas americanas cuando se detiene a alguien (“Tiene derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada ante un tribunal en contra suya”), acabará por carecer de sentido si los ciudadanos siguen proclamando a los cuatro vientos todo lo habido y por haber sobre sus personas, costumbres y actividades, espontáneamente y de antemano, como verdaderos pardillos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de octubre de 2010

jueves, 23 de septiembre de 2010

Javier Marías traduce a Thomas Lovell Beddoes


A la noche

Así que has vuelto, vieja Noche de alas negras,
como un pájaro inmenso entre nosotros y el sol,
ocultando, con tus desplegadas formas, la tersa luz;
e inmóvil, bajo el plumaje pardo y nebuloso de tu pecho
helado, fomentando una plaga henchida de bruma,
y embrionarias tormentas, y hurañas escarchas, que eluden
la caricia templada del día. Los búhos desde el anillo de hiedra
lanzan su clamoroso homenaje: al cernirte en lo alto,
como córvido sable que pausa en su ansioso descenso,
del oscuro mundo sacias tu mirada opaca,
aguardando en silencio el mortal alarido del postrer instante,
cuando abandones tu nido en el firmamento
para apresar al mundo con tu garra vehemente
y enterrar tiempo, muerte y sustancia en tu buche abismal.

THOMAS LOVELL BEDDOES (1803-1849)

Traducción de Javier Marías

Publicado en la revista La Luna de Madrid, n.º 0, 1982

No prometéis nada bueno

LA ZONA FANTASMA. 5 de septiembre de 2010. No prometéis nada bueno. 5 Septiembre 2010

Ya sé que es sólo un juego de verano sin mayor importancia, pero no he podido por menos de mirarme con atención las listas que publicó este dominical en agosto con las cien películas y los cien actores que “cambiaron la vida” de cien profesionales hispanoamericanos del cine. También sé que todos, cuando se nos piden estas selecciones imposibles, tendemos a ser excéntricos, porque si no, no nos divertimos; nos encanta poner alguna película (o libro, o lo que sea) que en modo alguno juzgamos entre las mejores pero por la que tenemos debilidad, o bien intentamos salirnos un poco de la aburrida ortodoxia y resultar originales, dementes o escandalosos en alguna elección.

Pero en estas votaciones “hispanoamericanas” –la verdad es que la mayoría de los participantes eran españoles sin más– ha habido un elemento en verdad preocupante, a mi parecer, y es el desaforado nacionalismo o chauvinismo o patrioterismo que desprendían, no ya rayano en el ridículo, sino del todo inmerso en él. La supremacía del cine estadounidense ha sido clara, como correspondía. El resto del planeta, sin embargo, y si no he contado mal, se repartía los puestos de honor de la siguiente manera: entre las cien películas de la historia había siete italianas (con apoteosis del sobrevalorado y mal envejecido Fellini y ninguna de Rossellini, dicho sea de paso), cuatro suecas (todas de Bergman), cuatro británicas (una dirigida por un francés, Renoir, y otra por un mediocre llamado Anthony Harvey), tres japonesas, tres cabalmente francesas, dos más o menos alemanas (ninguna de Fritz Lang, por cierto), dos de cineastas daneses… ¡y dieciséis españolas o de directores españoles –es decir, de Buñuel–! Para mí ha sido una revelación: según estos patrioteros o quizá gremialistas individuos votantes, el cine hecho por españoles es, con diferencia, el más memorable del globo después del norteamericano. Y no es sólo eso: entre las primeras veinte películas, figuraban nada menos que cinco españolas o de Buñuel. Visto lo cual no entiendo, la verdad, cómo es que nuestra filmografía no es universalmente conocida, cómo es que en todos los países no se han disputado el concurso de nuestros directores y actores, o cómo es que fuera de aquí casi nadie sabe quién es Berlanga, cuyo El verdugo es muy buena, sí, pero no creo que en ningún otro sitio esté considerada la cuarta película de la historia del cine, cincuenta puestos por delante –es un ejemplo– de la más “impresionante” de John Ford. Tampoco me parece probable que haya muchos extranjeros dispuestos a suscribir que La niña de tus ojos, de Trueba, deja más huella que Dublineses, de Huston, por mencionar un caso sangrante. O que Los santos inocentes empequeñece a Vértigo, Ser o no ser, Con la muerte en los talones, El Gatopardo, y aventaja años luz a Sed de mal, El río y Centauros del desierto. Si me preguntan, no lo creo.

En cuanto a la lista de actores, más de lo mismo: entre los cien intérpretes que más han “marcado” a los votantes, nada menos que dieciséis españoles, gente, como se sabe, nacida para actuar. Fernán-Gómez es mucho más admirable que James Stewart y Charles Laughton; López Vázquez, Luis Tosar, Rabal y Carmen Maura están muy por encima de John Wayne, Bogart, Caine, Marilyn Monroe, Orson Welles y Audrey Hepburn, cómo me va usted a comparar; y no digamos de Gary Cooper, Robert Mitchum y Henry Fonda, esos tres no les llegan ni a la suela del zapato; Ángela Molina conmueve más que Sordi, Gabin y Clark Gable; y Javier Cámara, Rosa María Sardá y Juan Diego les dan unas cuantas vueltas a Marlene Dietrich, Buster Keaton y William Holden. Y todos, absolutamente todos –y quién sabe cuántos españoles más– miran con desprecio, desde sus alturas, a aquel infeliz de Burt Lancaster, que ni siquiera figuraba entre los cien elegidos. Es una opinión personal, pero, aunque sólo hubiera hecho El Gatopardo en su vida, Lancaster ya merecería estar no entre los cien, sino entre los diez intérpretes de la historia.

Cuestión de gustos. Lo preocupante, lo llamativo, es esto: los profesionales de nuestro cine, ¿a quién pretenden engañar? ¿Qué pretenden al votarse entre sí y a la raquítica industria nacional? ¿Tal vez convencer al Ministerio de Cultura de que esa industria es añeja y sólida y ha dado más obras maestras que la de cualquier otro país a lo largo de un siglo (los Estados Unidos aparte), y que por ello hay que cuidarla, favorecerla y subvencionarla? ¿Tal vez convencer de lo mismo a los lectores, para que vayan a ver cine nacional? Si así fuera (y no el mero pataleo acomplejado de “semoh loh mejoreh”), hay algo en lo que no han reparado: si nuestros cineastas tienen una ignorancia supina y desconocen a Ophuls, Rossellini, Lang, Renoir, Preminger, Griffith y tantos más de los que no destacaban una sola cinta; si su gusto es tan dudoso como para considerar El día de la bestia –lo siento, es un ejemplo– más memorable que Perdición, La diligencia, El hombre que mató a Liberty Valance, El hombre tranquilo y Johnny Guitar; si además juzgan que la ridícula y cursi Bailar en la oscuridad, de Von Trier, merece estar entre las cien películas que “cambiaron su vida”, ¿qué aficionado con dos dedos de frente y una mínima formación cinematográfica va a ir a ver las creaciones de estos individuos? Francamente, queridos, así no prometéis nada bueno.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de septiembre de 2010